La moto
La moto nunca me pareció de fiar. Al principio pensé que mis recelos guardaban relación con la falta de fe en el principio físico que mantiene en pie los anillos en movimiento, pero eso no me ocurre con la bicicleta y el fundamento es el mismo. Creo que en mi rechazo concurren otros factores más relacionados con la química que con la física. El primer muerto que vi en mi vida fue un motero. Era un chaval de 20 años que viajaba en su flamante Bultaco para acudir a una competición. Se salió de la carretera y quedó ensartado como un pincho en una de las varas del carro contra el que fue a estrellarse. Todo el pueblo en el que yo veraneaba desfiló por la minúscula morgue para ver el cadáver de aquel chico que parecía dormir plácidamente envuelto en la venda que sujetaba sus intestinos. Pasarían 20 años antes de que me tocara ver a otro joven motorista rodar por la Castellana y dejarse la vida en el asfalto.
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