A la manera del protagonista de El retrato de Dorian Gray, Aguirre tenía un pacto con el diablo: era el cuadro, y no ella, quien sufría los efectos de tanta degradación. Mientras ella se paseaba lozana y aspiraba a la Moncloa, en un sótano del Senado su retrato pintado iba llenándose de arrugas, sombras y manchas, deteriorándose de forma repulsiva hasta que alguien descubriera el secreto. Y ese día había llegado.
Se despertó empapada y chillando. Horas después todavía recordaba la pesadilla al descorrer la cortinilla.


