La literatura romántica tiene en José de Espronceda uno de sus más insignes representantes en España. Su temprana muerte no impidió que pasara a la historia de la literatura como uno de los mejores poetas de todos los tiempos.
Rodeado de una leyenda que fomentaron sus primeros biógrafos, se le ha atribuido una vida desordenada y un tanto excéntrica que la investigación histórica ha contribuido a desmentir. No fue un don Juan, como uno de los personajes de El estudiante de Salamanca, pero vivió no pocas aventuras y trances, políticos y personales, y murió el mismo año en que había sido nombrado diputado en Cortes, a los treinta y cuatro años, dejando inacabada su mejor obra, El diablo mundo.
Los temas e ideales del romanticismo están presentes en toda su obra: noche, luna, viento y tempestad, Oriente lejano y exótico. La idea de libertad individual resplandece en sus versos contrapuesta a los conceptos burgueses de tierra y vida.
Desde la publicación de sus Poesías, en 1840, fue conocido y admirado por ellas. Sus versos han llegado a nosotros como la poesía popular, que se recuerda, se imita y se recita de memoria, con independencia del nombre de su autor. El Himno al sol, la Canción del pirata, el Canto del cosaco o el Canto a Teresa son poemas sentidos y recitados en nuestros días.


