Guerra fiscal en España. Madrid gana la primera batalla
Guerra fiscal en España. Madrid gana la primera batalla
La venganza es un plato que se sirve frío. Sin embargo su Majestad el Rey no ha podido esperar lo suficiente como para que las calientes aguas del affaire Federico se enfriaran. Y ha pisado, -fue sin querer queriendo, que diría el Chavo del Ocho-, con su “por qué no te callas” al cagarruta Chávez, una de las decisiones de política fiscal de mayor trascendencia que se han tomado en España en los últimos años: la rebaja impositiva anunciada por Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Obviamente, se trata de análisis ficción. No hay ninguna relación causa efecto entre la verborrea real, que quemó el recurso de última instancia que ha de suponer siempre el Jefe del Estado, y la medida presidencial. Faltaría plus. Pero es verdad que lo uno ha eclipsado lo otro. Y merece la pena una reflexión adicional. Porque la propuesta ha impactado, y mucho, en otras regiones que se tientan la ropa ante lo que les puede venir.
Madrid ha decidido rebajar en un punto porcentual el tramo autonómico del IRPF y suprimir paulatinamente el Impuesto sobre el Patrimonio, con un coste fiscal de unos 1.400 millones de euros. Se trata de un caso excepcional, por la ausencia de precedentes. Y no exento de riesgos. Las arcas autonómicas aún arrastran la losa del endeudamiento asumido por el Faraón de Correos y la medida se toma en un momento en el que los ingresos regionales se ven perjudicados por el parón inmobiliario y su consecuente impacto recaudatorio a través del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales. Sin embargo, el talante liberal de Aguirre le lleva a aferrarse a los principios de la curva de Laffer, que defienden que menores impuestos pueden suponen, finalmente, una mayor capacidad de captar recursos a través del erario. Al efecto de mayor renta sobre los ciudadanos, habría que añadir un doble efecto sustitución: geográfico o de atracción de capitales procedentes de otras áreas y de oficialidad de parte de la economía que aún navega sumergida.
Las críticas al proyecto de Esperanza Aguirre se caen por su propio peso. A nivel internacional a nadie se escapa que gran parte de la pérdida de competitividad española se deriva de una fiscalidad incapaz de atraer inversiones. Se sigue usando el impuesto exclusivamente con una finalidad recaudatoria (que mira hacia atrás), -imprescindible, lo reconozco, para dar cumplimiento a su misión redistributiva-, y no con un mínimo objetivo de fomento de la actividad empresarial (que mira hacia delante) y que también es capaz de contribuir a la mejora de todos y, especialmente, de los que más arriesgan. Desde ese punto de vista, y cuando alguna de las regiones más señeras de nuestro país o bien gozan ya de privilegios fiscales o bien persiguen obtenerlos a través de sus respectivos estatutos, lo que descalifica sus objeciones, no es de extrañar que Aguirre, que ha visto las orejas al lobo de la potencial desaceleración económica española, haya decidido tomar el toro por los cuernos y acometer una iniciativa, la fiscal, que le va a permitir seguir atrayendo capital a la región que más crece de España.
Pero el debate va más allá y se centra en la capacidad de ejecución del Gobierno de Madrid que, sin duda, es lo que le ha llevado, con sus luces y sombras, a la mayoría absoluta de la Comunidad. Una capacidad de actuación que, no nos engañemos, se deriva de la inexistencia en Madrid de ese cáncer que supone, para muchas regiones, la existencia de unos pactos contra natura que persiguen un objetivo político y no social: el arrinconar al fantasmagórico enemigo común, la derecha. En el pecado llevan su penitencia. Los servilismos nacionalistas bloquean el proceso de toma de decisiones y su inacción derivará, antes o después, en un empobrecimiento regional severo. Por paradójico que parezca, las mayorías absolutas a las que el electorado condena al PP van a suponer una clara oportunidad para las regiones que regentan, escándalos de corrupción mediante, que en todas partes cuecen habas.
Tiene mérito Esperanza Aguirre. Superar determinados clichés que le fueron atribuidos cuando era Ministra de Cultura para encaramarse primero, por méritos ajenos, a la Presidencia del Senado y posteriormente, por capacidad propia, a la de la Comunidad, -tamayazo mediante, la suerte de los campeones, o no-, es digno de elogio. A partir de ahí ha sabido conquistar a los madrileños por el bolsillo y los servicios. Y los votos le avalan. La Esperanza es la capacidad desde la fe de creer en una vida mejor y eterna, más allá de la realidad presente. Y Aguirre sueña con hacer honor a su nombre. Y lo tiene claro. A andar se aprende andando.
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